
Celebrar con elegancia
El vino como ritual emocional de alta gama
7/30/2026


En febrero de este año, volví a probar un Cavas de Weinert Estrella 1994 con Iduna, su propietaria.
La primera vez que probé ese vino fue una revelación que no olvidé: los taninos sedosos, la evolución de especias y cerezas en un clafouti, la fineza de un cuerpo que había estado años en toneles esperando el momento de revelarse. Fue la primera vez que entendí con total claridad el potencial de envejecimiento de la Argentina — no como dato, sino como experiencia física en la copa.
Ese vino no había sido diseñado para sorprender en su juventud. Había sido diseñado para llegar. Y cuando llegó, llegó completo.
Eso es lo que una celebración con elegancia hace de manera diferente. No usa el vino como acompañamiento. Lo usa como argumento.
La única botella que guardaron
En mi cumpleaños de quince años, en Mendoza, mi padre descorchó una doble magnum de Chandon Argentina. No había cámaras en casa. No había redes. La botella había estado guardada en el placard de mis padres desde el día en que nací — sin etiqueta, esperando ese momento. Se etiquetó antes de la celebración.
Yo no tomaba vino en esa época. Pero me sirvieron un poco en una copa para brindar.
Fue la única botella que guardaron. Y sin tanto ruido, quedó en nuestra memoria.
No hubo producción. No hubo decoración especial. Hubo una botella que cargaba quince años de espera, y el gesto de un padre que la abrió en el momento exacto. Eso es un ritual. No porque nadie lo haya llamado así — sino porque así funciona: un objeto, un tiempo, una intención, y la memoria que queda cuando todo eso converge.
Krug y la sinfonía del viñedo
Años antes de comenzar mis propios estudios de lujo, tuve una conversación con Margareth Henríquez — conocida como Maggie — quien fue Presidenta y CEO de Krug Champagne desde 2009. Una mujer que transformó una casa que estaba perdiendo relevancia en una de las referencias absolutas del Champagne de lujo.
En esa entrevista, Maggie me compartió algo que no olvidé: en Krug, cada viñedo había sido identificado con una nota musical. Con esas notas habían compuesto una sinfonía. Y en las catas con maridaje de chocolates, la percepción del vino cambiaba según el tipo de música que los asistentes escuchaban.
No era un truco de marketing. Era una hipótesis sobre cómo el ser humano percibe — sobre cómo el sonido modifica la experiencia sensorial de lo que está en la copa. Una hipótesis que la neurociencia lleva décadas estudiando y que Krug había convertido en ritual de celebración.
Maggie fue también extraordinariamente generosa conmigo en otro sentido: me compartió su tesis de maestría en lujo antes de que yo comenzara con la mía. Algo que, según me dijo, no había hecho ni con personas de su propio equipo. Ese gesto — dar algo de valor sin que nadie lo pida y sin esperar nada a cambio — es también una forma de celebrar. La celebración del reconocimiento entre pares.
Lo que convierte un brindis en un ritual
La diferencia entre un brindis y un ritual no está en el vino. Está en la intención con la que se elige, en el tiempo que carga, y en lo que queda cuando la copa está vacía.
He estado en eventos donde el Champagne más caro del mercado llegó a la mesa sin ningún contexto — sin historia, sin pausa, sin razón que lo justificara más allá del precio. Y he estado en celebraciones modestas donde una botella simple, elegida con cuidado y abierta en el momento correcto, dejó una huella que años después sigo recordando.
El vino no crea el ritual. El ritual crea las condiciones para que el vino diga algo.
Un vino sin puesta en escena emocional no transforma. Acompaña. Y en el mundo del lujo, acompañar no es suficiente — porque el consumidor sofisticado no busca algo que esté presente. Busca algo que permanezca.
Celebrar con elegancia es diseñar símbolos
Una doble magnum guardada quince años en un placard. Un Weinert 1994 abierto décadas después de su vendimia en presencia de la mujer que lo hizo. Una sinfonía compuesta desde los viñedos de Krug.
Ninguno de estos gestos necesita explicación. Todos comunican lo mismo: que el tiempo fue respetado, que la elección fue intencional, y que el momento valía la pena ser marcado con algo que no podía ser reemplazado por cualquier otra cosa.
Eso es celebrar con elegancia. No repetir gestos. Diseñar símbolos.

